El invaluable valor del conocimiento

Autor: Francisco J. Miranda Avalos, Presidente de la J. Directiva de la ONG Oannes

martes 24 de diciembre de 2019

El invaluable valor del conocimiento

Me piden que sea breve y conciso para que me lean. Una y otra vez, me exigen no más de 800 palabras, algunos otros amigos fuera de la organización dicen que 1000 son suficientes y por supuesto están los quieren que me ajuste al límite “Twitter”.


Nuestra organización fue creada para transmitir conocimientos y experiencia. Incluso tenemos un acuerdo con los patrocinadores para la edición de libros, por ello la primera edición de cualquiera de nuestras publicaciones se distribuye de manera gratuita, reservándonos el derecho de vender las ediciones posteriores para generar ingresos a la organización. De esta manera intentamos sociabilizar la información que producimos. Además del uso de nuestras redes sociales, por supuesto.


Algunos lectores me preguntan: ¿de dónde saco tantas cosas para escribir? A lo que ahora respondo: 60 años de vida intensa en el mar te hacen escribir, pero principalmente escribo por catarsis, me relaja. Entonces me preguntan: ¿Qué es lo que te tiene tan tenso para necesitar tan largas catarsis? Creo que lo he descubierto: La necedad de la incultura gana sitio en las conciencias mientras menos se lee.


Mi padre me enseñó a sumar, restar, multiplicar y dividir. Y mi madre me enseñó a leer y escribir antes de cumplir 6 años. Me dedicaron muchas horas de sus tiempos libres. Sin embargo la razón fue increíblemente tonta. Caprichosamente no quise regresar al nido, porque me cambiaron de profesora; tenía una muy buena profesora que además era joven y preciosa, pero me la cambiaron por una no tan preciosa y nada joven, aún recuerdo tamaña pataleta. Si bien el resto de mis compañeros de nido no se revelaron por el cambio, yo si…finalmente me salí con la mía.


Mi madre lo tomo con una sonrisa, y mi padre con mucha ira. Finalmente decidieron dividirse mi educación y eso trajo algunas consecuencias, además de retirarme del nido.


La primera fue que cuando hubo que ingresarme al colegio (La Salle, de Lima) los Hermanos de las Escuelas Cristianas, decidieron que por mi edad debía comenzar por “Transición”, pero no dure ni 2 días ahí. Después de aprender a leer y algo de matemáticas, lo último que quería era hacer eran palitos o bolitas. Llevándome de la mano, mi padre hablo con el Hermano Francisco (el Director) y le pidió encarecidamente que me tomara un examen antes de devolverme a “Transición”. Pase al día siguiente a 1 grado, con compañeros que tenían en promedio un año de edad más que yo.


Mi padre entre orgulloso y temeroso, me soltó un inolvidable discurso sobre lo importante de ese suceso y me increpo a tratar de estar siempre primero en el salón. Cosa que para variar jamás me intereso, nunca sucedió y fue el motivo de muchas de sus frustraciones paternales. Parte de la culpa la tuvo mi madre, le sugirió que me eligiera un primer libro para yo lo leyera como un reto durante el transcurso de mi primer año escolar. Cómplice descontento de su amada esposa, mi papa me regalo: “La Isla Misteriosa” de Julio Verne…antes del primer mes, ya lo había terminado de leer y mi apetito por la lectura se abrió desmesurado.


No sé cuánto he leído desde entonces, tampoco tengo idea de la variedad de temas que me interesan, ni mucho menos pretendo “pavonearme de mi sapiencia”, como algunos dicen por ahí. Sea como sea, me convertí en un autodidacta leyendo todo lo que caía en mis manos, porque mi afán por aprender era mayor que cualquier vanidad.


Cuando ingrese a la universidad a los 16 años, la biblioteca de la Pontificia Universidad Católica del Perú se convirtió en un jugoso pastel donde seleccionaba mis lecturas preferentes, que poco o nada tenían que ver con los cursos que estudiaba en la PUCP. Con hambre de conocimiento, no solo asistía a los cursos que me correspondían, sino a todo aquel curso que me llamaba la atención. Me sentaba en la última fila de cátedras fantásticas como un simple alumno libre, que se salía del salón cuando el profesor se ponía aburrido. Repetí la misma actitud cuando pase a ser alumno de la Facultad de Oceanografía Pesquería y Ciencias Alimentarias de Universidad Nacional Federico Villarreal.


Mi primer contacto con una biblioteca lo tuve en Buenos Aires en 1971, durante mi primer año de secundaria. Hasta ese momento solo accedía a los libros de mis padres, mis tíos, mis primos o amigos. Tenía la tarea de hacer una investigación para la clase de historia, la primera que hice en mi vida: “Caminos, puentes y acueductos romanos”…todavía guardo por ahí mi monografía.


Para hacerla, pase muchas horas en la biblioteca. Era fácil; por ser peruano, no era muy popular, menos entre argentinos dolidos por no ver a su selección en el mundial de México 70, era la imagen viva del verdugo. Si en aquella época no existía el “bulling” seguro que mis compañeros lo inventaron.


En 1970, mi padre fue nombrado Agregado Militar del Perú en Argentina, como era de esperarse, para una misión de dos años, mi querido viejo, cargo con la familia y nos mudamos a Buenos Aires. Pero como comprenderán los diplomáticos no están solo para mantener las buenas relaciones, lo más importante de su misión es informar a su país lo que pasa en el lugar donde esta destacado. Ese informe había que hacerlo todos los sábados y despacharlo con la valija diplomática.


Así que él me subía al auto y me llevaba a la embajada, sábado tras sábado. Y para mantenerme entretenido, no tenía mejor idea que exigirme que resolviera 100 problemas del libro de Baldor o perdía mi derecho de vagar entre el museo de Bellas Artes, la plaza Uruguay, la Rubén Darío, con su inmensa pileta llena de modelistas de veleros a control remoto, y por supuesto la biblioteca del Instituto Nacional Sanmartiniano, ubicada en la hermosa sede, replica de la casa “Le Grand Bourg”, uno de los lugares donde el “Santo de la espada” vivió , durante sus últimos años en Francia. Todo esto queda frente a la embajada de Perú.


Muchos años después, quien fuese Embajador de Perú en Buenos Aires, el Sr. Gonzalo Fernández Puyo, me conto entre sonrisas y sin muchos pormenores, que mis frecuentes visitas a la biblioteca del Sanmartiniano, establecieron un lazo cordial entre el General Carlos A. Salas, entonces presidente de la institución y mi padre. Un lazo que abrió muchas puertas entre la cúpula de Generales del Ejército Argentino que gobernaban el país. Fernández Puyo, me comento que el General Salas se refería a mí como el “curioso pibe gordito y tragalibros”. Así que con mis 11 años, y huyendo de Baldor, me convertí en el eje de algún intríngulis diplomático, que quizá nunca comprenda o conozca en detalle, por que lamentablemente los actores fallecieron ya.


Ya van 1,068 palabras solo para decir, que la lectura de buenos libros, es la base de la formación cultural de un ser humano, forja nuestro carácter, cultiva valores, educa y de vez en cuando resulta anecdótica. Este último párrafo después de la primera coma, se lo dejo a los partidarios del estilo “Twitter”.


Para quien jamás leyó la “La Isla Misteriosa” de Julio Verne, sería bueno recordar que es una historia de un grupo humano que cae en una isla luego de fugar en globo de una gran crisis. Su supervivencia depende fundamentalmente de un hombre de ciencia, que logra el primer fuego, concentrando la luz del sol con la óptica de sus lentes, y comenzando una fantástica aventura que solo el visionario Julio Verne pudo imaginar. Si la intención de mi padre fue despertar mi inquietud por la ciencia, no pudo elegir un libro mejor. No les contare más de la historia, si no leyeron el libro, no vean la película, léanlo.


Desde hace 23 años, mi cotidiana labor incluye leer las notas de prensa relacionadas con temas del mar y de la ciencia, seleccionadas por los voluntarios que ahora colaboran con la institución y que debo filtrar antes de compartirlas con todos ustedes a través de nuestras redes, en un servicio gratuito. Ya no tengo que ir a una biblioteca, la era digital ha puesto una gigantesca biblioteca en la pantalla de mi computador.


Pero debemos tener mucho cuidado, los bibliotecarios seleccionan los libros que coleccionan en su biblioteca. El internet con su monstruoso volumen de información está lleno de “fake news” o noticias falsas. Publicadas muchas veces con intenciones explicitas y replicadas por gente confiada. En un sector como el marino pesquero, donde los detalles lo son todo. La caótica y masiva información abruma a la gente hasta confundirla, sin dejarle espacio al buen discernimiento, o al sentido común…el menos común de los sentidos.


El punto es el conocimiento y lo valioso que resulta para las personas. Sin él no hay creatividad, innovación o posibilidades de desarrollo del criterio humano, que nos permite tomar decisiones. El conocimiento no puede ser egoísta, se adquiere para compartir, no para atesorarlo o enriquecer vanidades.


Sin embargo, tiene valor. Algunas veces me preguntan cómo valuar el conocimiento. Recuerdo entonces un chiste que siempre contaba mi padre:


“Un día un adinerado sullanero compro un auto del año en Piura y luego de festejar con algunos amigos, inicio su viaje a Sullana después de la media noche. A medio camino, el auto nuevo, simplemente se detuvo y dejo de funcionar. Estacionado a un lado del camino, el hombre paso un par de horas esperando ayuda. De pronto un viejo y destartalado escarabajo apareció a lo lejos, el conductor al ver el vehículo orillado, se detuvo.



  • ¿Qué paso señor? Le pregunto.

  • Pues no se amigo, simplemente se detuvo.


El tipo, regreso a su auto y recogió una caja de herramientas.



  • Abra el capot de su auto y dele al arranque a su motor. Le pido el samaritano.


El sujeto, tomo un desatornillador y movió un tornillito. Cosa que fue suficiente para que arrancara.


El sorprendido adinerado, alegre y agradecido por el rescate, no pudo más que preguntar con gentileza.



  • ¿Cuánto le debo amigo?

  • Vallase nomas señor, no le pienso cobrar.

  • Muchas gracias señor, pero por favor deseo pagarle, usted me ha auxiliado y si no fuese por su ayuda, estaría abandonado hasta el día siguiente (en esa época no había teléfonos móviles)

  • Bueno, si quiere que le cobre le cobrare como es debido.

  • ¡Diga usted por favor! Respondió muy seguro el auxiliado.

  • Bien, me debe 1,000 Soles.

  • ¿Qué? ¡Es usted un asaltante de carreteras! ¿1,000 Soles por mover un tornillito?

  • Ya veo, ¡Mil disculpas! Quizá no me exprese bien. 1 Sol por mover el tornillito y 999 Soles por saber que tornillito mover.”


 


El conocimiento es sumamente valioso, valorarlo es muy difícil y es quizá la razón por la que me convertí en autodidacta, vale más el saber que el título que dice que se. Muchas personas hoy día, luchan por obtener títulos más que por el conocimiento. Pasados los años aprendí que ser autodidacta fue necio. Saber y titularse es lo ideal. Pero en ese orden.


 


Amigos de Oannes, que el conocimiento ilumine nuestras vidas, para que tomemos siempre sabias decisiones. A todos y a cada uno de ustedes, les deseamos una Feliz Navidad y un año nuevo lleno de parabienes…¡Ah, y disculpen por mis más de 1,880 palabras!