Fuente: Agencia Total News, Buenos Aires
Argentina - Dubai, esa Maravilla
viernes 6 de enero de 2006
Este pequeño país de Emiratos Árabes Unidos ha apostado fuerte por convertirse en la capital del turismo y de los negocios de Oriente Medio. Impresionantes edificios ultrafuturistas, el único hotel de siete estrellas del mundo, islas artificiales destinadas al ocio que la publicidad se encarga de denominar la octava maravilla del mundo... Muchos presentan estos logros como un triunfo personal del jeque Mohamed bin Rachid al-Maktoum, príncipe heredero de Dubai y actual ministro de Defensa de Emiratos Árabes Unidos.
Su hermano mayor, el emir Maktoum bin Rachid al-Maktoum, ostenta el título de soberano, aunque es él quien lleva las riendas. Sin los obstáculos que supone en democracia el principio de rendición de cuentas y con un Gobierno apuntalado por la ley islámica, Mohamed se ha convertido a sí mismo en el centro de la sorprendente transformación de la pequeña ciudad Estado.
Según la historia oficial, este duro y astuto autócrata, estaba contemplando el Creek –un amplio canal que atraviesa la ciudad– cuando tuvo la visión de la transformación de su territorio. En esa época, a finales de los 50, Dubai era un recóndito puesto de avanzada del imperio británico, que carecía de todo, desde agua potable hasta electricidad y atención sanitaria básica. “Lo cierto es que la vida era muy dura”, recuerda Maghanmal Pancholia, quien llegó a la zona en 1942 siguiendo los pasos de sus antepasados, que se habían dedicado al negocio de la pesca de perlas. No había carreteras y la gente se perdía cuando cruzaba el desierto en coches Land Rover destartalados en dirección a Abu Dabi.
Hoy, Pancholia puede viajar a lo largo y ancho de Emiratos Árabes Unidos a través de autovías rectas como flechas. La combinación de la ambición del jeque Rachid y los jugosos ingresos de los pozos petrolíferos descubiertos en 1966 permitieron plantar los cimientos de las primeras infraestructuras ultramodernas sobre lo que antes habían sido solares arenosos. Se dragó el Creek y se construyeron puentes, se amplió el destartalado aeropuerto y los obreros de India y Pakistán levantaron hospitales, rascacielos y bloques de oficinas. “El viejo [Rachid] lo supervisaba todo”, recuerda un ingeniero extranjero. “Si no le gustaba pegaba un bastonazo sobre la mesa y destruía los planos”.
Cuando el jeque Mohamed tomó las riendas del país, en la década de los 90, ya se sabía que el petróleo de Dubai se acabaría en la primera mitad del siglo XXI. Esto hacía que fuera todavía más urgente buscar otros medios para mantener el país en la senda del progreso. El sentido común dictaba la explotación de su posición estratégica, en la encrucijada de las rutas comerciales entre Oriente y Occidente, a fin de crear un centro de librecambio que ofreciera servicios comerciales, financieros y tecnológicos. Habría que invertir otro tanto en instalaciones de ocio, según esta teoría, y llegarían los turistas con dinero. Y es lo que han hecho, atraídos por el sol –las temperaturas son insoportables sólo entre junio y agosto– e importantes eventos deportivos, desde el campeonato de golf Dessert Classic, con casi un millón de euros en premios, hasta la carrera de caballos Dubai World Cup, con cerca de cinco millones de euros.
El jeque se ha caracterizado por tomar decisiones, a veces, con la sangre fría de un jugador. Por ejemplo, poco después de los atentados del 11 de septiembre, cuando el sector del transporte aéreo estaba de capa caída, autorizó que Emirates Airlines –patrocinadora del Chelsea y del Campeonato Mundial de fútbol de 2006– encargara una nueva flota de aviones, aprovechando los bajos precios del mercado. Sin embargo, esta filosofía de riesgo y audacia empresarial también tiene inconvenientes: la Interpol y algunos servicios de inteligencia occidentales están convencidos de que organizaciones terroristas internacionales se han aprovechado de los relajados controles financieros de Dubai para lavar dinero negro.
El petróleo, de la familia real. Como en Dubai nunca se ha hecho público nada parecido a un presupuesto del Estado, sólo los allegados de Maktoum saben lo que ha costado. En una ocasión, un osado periodista del Financial Times presionó al jeque Mohamed para que le revelara las verdaderas cifras de producción y beneficios del petróleo. “Eso es como preguntarme cuánto dinero tengo en el banco”, fue su respuesta. “Hay que verlo de esta manera, la Constitución de Dubai asigna los ingresos del petróleo a la familia real, de modo que estamos hablando de muchos miles de millones de euros”, explica un banquero occidental. Y más que vendrán si las inversiones turísticas dan su fruto.
Así, The Palm podría quedar eclipsada por proyectos más imponentes, como un hotel bajo el agua al que los huéspedes llegarán en submarino. Y luego está The World, una empresa de proporciones épicas que consiste en construir 250 islas artificiales a tres kilómetros de la costa de Dubai, cada una con la forma de un país en particular, que se agruparán para representar continentes y cuyo presupuesto es de unos 2.500 millones de euros.
Las obras preliminares comenzaron en septiembre de 2003. La primera fase consiste en levantar enormes barreras en el mar, extraer el agua y llevar rocas y arena para plantar los cimientos. De momento, se ignora el precio de las islas, cuyo tamaño variará entre 23.000 y 84.000 metros cuadrados, pero los promotores conjeturan que podrían copiar las “edificaciones más famosas” que caracterizan los países en cuya forma se hayan trazado las islas. En vista del gusto dubaití por lo espectacular, no hay que descartar la posibilidad de ver una torre Eiffel o un Taj Majal en miniatura surgiendo de las aguas del Golfo Pérsico.
Lo que han conseguido las grandes inversiones en Dubai salta a la vista desde que uno llega al aeropuerto, cubierto de pan de oro y relucientes mármoles, donde hordas de empleados con chaquetas verdes dan la bienvenida a los viajeros y los conducen hasta las tiendas libres de impuestos. Hay flores, árboles y, lo más sorprendente en un país donde el agua mineral es más cara que el petróleo, franjas de reluciente césped a ambos lados de la autopista que conduce al centro de la ciudad. El agua que permite todo esto –su consumo per capita es el mayor del mundo después de Estados Unidos–, proviene de plantas de desalinización (aunque los campos de golf se riegan con aguas residuales recicladas).
En el bulevar central de Dubai casi que se puede oler el dinero. Hay salones de exposición llenos de coches Range Rover y Porsche, hoteles de cinco estrellas y centros comerciales. Un bosque de torres urbanas se eleva hacia el cielo, algunas pueden considerarse joyas de la arquitectura, como las torres gemelas de los Emiratos, en forma de cuchillo, aunque otras son un insulto a la vista. Las obras de construcción continúan las 24 horas del día, ya que el hormigón se asienta mejor cuando las temperaturas son relativamente bajas. Respecto a la vida nocturna, existen suficientes restaurantes, pubs y clubes para llenar 30 páginas de la edición local del Time Out, mientras prostitutas de todo el mundo ejercen su oficio en los bares y desfilan en biquini por las distintas playas. “Dubai se ha convertido en un lugar realmente hedonista”, apunta el dueño de un club nocturno.
Muchos dan a Maktoum el calificativo de “patriarca benigno”, pues combina autoritarismo con una buena dosis de tolerancia respecto a las creencias personales y los valores morales. Puede que haya unas ?80 mezquitas para los fieles, pero los no musulmanes tienen plena libertad de practicar su religión, aunque no pueden hacer proselitismo, tal como hicieron varios evangelistas estadounidenses detenidos por repartir CD y vídeos para divulgar su fe.
Una amplia fuerza policial se encarga de que las calles sean seguras, y la certeza de que los delitos de drogas se castigan con una larga condena de cárcel es una disuasión muy eficaz. En cuanto a la disidencia, ya pueden olvidarse de la idea: no hay partidos políticos, ni elecciones, y no hay forma de desahogarse aparte de los tradicionales majlis, las reuniones públicas en las que cualquier dubaití puede presentar sus quejas al jeque Mohamed. Según un diplomático occidental, “él siempre está dispuesto a escuchar, lo que explica por qué goza del mismo respeto, e incluso del mismo afecto, que su padre”.
Gran negocio. También es conocido por su costumbre de recorrer las oficinas del Gobierno y de despedir en el acto a los holgazanes. Sin embargo, resulta imposible dejar de sentir, a veces, que Dubai no es tanto un país como un destino exótico, un lugar al que llegan los forasteros a trabajar, hacer compras, poner a punto su bronceado o someterse a un lifting barato (la cirugía plástica para turistas es un gran negocio) antes de marcharse.-Mundo.es-








