Fuente: La Nacion, Santiago de Chile
Chile - El perdón de los pescados
Del mar a su mesa: a balazos
Roberto Farías
lunes 17 de abril de 2006
Semana Santa. Mientras en Santiago la prensa nos agota con las trilladas alzas de los mariscos, en la X Región se viven días de furia tras el dinero. Batallas navales entre pescadores. Buzos heridos, botes hundidos. Y un reguero de ratones de laboratorio con la cola tiesa por la marea roja. Bon apetit.
En Carelmapu, el miércoles 5 de abril, después de un sueño ligero, el buzo Mansilla (alias “Zapatilla”) se disponía a madrugar y ganar, en sólo tres días, más dinero que en todo el resto del año.
–En la Semana Santa, un buzo bueno puede ganar de uno hasta varios millones de pesos –dice “Zapatilla” con seriedad religiosa–. No es raro que días después aparezcan con trajes nuevos, botes, ¡hasta camionetas algunos patudos!
Diez mil buzos mariscadores se arrojan al mar de la X Región para proveer el fervor religioso-culinario del Viernes Santo. Mal que mal, de las aguas de Puerto Montt al sur sale el 86% de todos los mariscos que se comen en las mesas chilenas.
Es una loca carrera contra el tiempo. Desde una semana antes, los mariscadores realmente limpian el fondo marino desde Puerto Montt hasta las islas Guaitecas, sacando cholgas, choritos, almejas, locos y erizos. Los “apozan” en puntos estratégicos bajo el mar que marcan secretamente. Los vigilan de lejos. Esperan hasta el último día, cuando los precios alcanzan el triple de lo normal y los sacan del agua todos juntos, para que, además, lleguen frescos a Santiago.
Cada uno trabaja para su propio santo y billetera. Por eso son frecuentes los robos, las reyertas, los asaltos piratas y, últimamente, verdaderas batallas navales entre flotas de distintas localidades.
El miércoles 5 de abril ocurrió en Carelmapu, un sector costero que da al Pacífico justo donde termina Chile continental. Es famoso por sus picorocos y sus locos. Al frente, cruzando el canal de Chacao, está Ancud. Los botes piratas venían de ahí.
“Zapatilla” estaba “haciendo horas extras” a bordo de la lancha “Galaxia” remendando con un parche de bicicleta su estropeado traje de goma, cuando escuchó ruidos de motores. Se asomó a cubierta y vio seis botes medianos desconocidos. “Seguramente con problemas mecánicos”, pensó ingenuamente. Pero luego oyó sus compresores de aire y varios zambullidos simultáneos.
Sigilosamente se acercó en un pequeño bote a remos a las lanchas en la oscuridad. Dos tenían matrícula de Ancud, una de Calbuco y otras sin identificación. Cuando estaba a menos de 30 metros de la poza, gritó:
–Oigan, ¿qué hacen? ¡Esos mariscos son nuestros!
–¡Eso creís vos, conchetumadre!
Literalmente vio la respuesta antes de escucharla. Un destello en medio del mar seguido de un estruendo de escopeta. Y empezó el combate.
Don Herna, en cambio, se evita esos litigios. Como buen buzo viejo, con su lancha “Fonchita” va a la segura. Es una de las tantas lanchas de Calbuco, un archipiélago de 14 islas ubicado 40 kilómetros al sur de Puerto Montt. Los calbucanos son conocidos en todo el archipiélago de Chiloé como buzos rápidos y voraces que en poco tiempo pueden depredar un banco de mariscos. En Chiloé los odian; sin embargo, se resignan por su afición boxeril a pegar primero y discutir después.
La flota de dos mil lanchas de Calbuco no podría abastecerse completa en Semana Santa ni siquiera en Chiloé, por ello bajan hasta los canales de la XI Región, pese a estar prohibido por la presencia de la temida marea roja. Don Herna, días antes de Semana Santa, navega hasta la XI Región a sacar mariscos en la zona prohibida.
–Sabemos que muchas lanchas de Calbuco van a Aysén a sacar mariscos –dice Pablo Katz, funcionario de Sernapesca encargado de fiscalizar en terreno–. Total, como esos bancos están intactos, en un par de días de trabajo sacan lo que por esta zona sacarían en toda una semana. Por eso se arriesgan. Luego se vienen de regreso de noche, y como se saben de memoria los canales, esquivan los controles de los marinos. No hay cómo detectarlos. Así que nos vemos obligados a fiscalizar a todos.
Tres funcionarios de Sernapesca hacen lo que más pueden, pero cuando preguntan a cada uno de los dos mil lancheros de dónde sacan los mariscos, todos dicen:
–Aquí no más, en Lin (una isla pequeña y diminuta).
(Recuerdo que algo parecido contaba un viejo carabinero cuando hacían allanamientos en los prostíbulos. Les preguntaban a las putas de dónde venían y todas decían: de Paillaco, un pueblo pequeño e inocente).
La mayoría de los mariscadores que va a la zona prohibida hace como Don Herna: lleva un par de gatos en la lancha. Cuando encuentran un banco de mariscos observan primero: si los comen las gaviotas, atacan.
–Pero para confirmarlo –dice Don Herna–, de regreso hacemos un patache de mariscos crudos y le damos al gato primero. Si cae tieso botamos la carga al mar. Toneladas, a veces.
–¿Y si el gato está acostumbrado?
–Bueno… depende del gato. Pero he visto morir como 12. No alcanzan a decir ni miau.
Los ilegales descargan los mariscos en Calbuco junto con todos, en la playa Leymo, un paraje indescriptible: digo, hay que olerlo. Hasta 300 lanchas diarias llegan en Semana Santa. Más de 400 toneladas. Los camiones mayoristas bajan directamente a la playa, llena de fango y pestilencia. Todo al mejor postor. Fajos de billetes pasan de mano en mano. En la misma sucia arena mientras descargan los sacos, los funcionarios de Sernapesca, junto con marinos, visan los cargamentos. De cada embarcación, los del Servicio de Salud toman muestras y las envían al Laboratorio de Toxicología del Hospital Regional de Puerto Montt con un número.
–En cinco horas dan la respuesta por teléfono. Si es negativa, el funcionario de Sernapesca planta un generoso timbre a la guía y el camión puede partir a Santiago.
EL DEFENSOR DE LOS RATONES
En Puerto Montt, Castro y Quellón, cada víspera de Semana Santa llega un extraño cargamento a los hospitales desde el Instituto de Salud Pública de Santiago. Miles de ratones de laboratorio. Los envían por avión. En esas tres ciudades hay laboratorios toxicológicos para las barreras sanitarias que evitan la entrada de marea roja.
Como es imposible detectar a simple vista el virus paralizante, el VPM, que en pocas horas puede matar a un cristiano y tampoco se ha desarrollado un test, se usa el refinado método de pasar los mariscos por una licuadora y darle 20 miligramos de papilla a cinco ratones blancos que esperan ansiosos su comidita diaria. Los funcionarios se sientan a esperar una hora. Tema habitual de conversación: el tiempo.
–Si de los cinco mueren más de dos ratones, cosa que ocurre en pocos minutos si el producto tiene marea roja, el producto es rechazado. La prueba se repite en otra ocasión y se da aviso a la autoridad sanitaria y marítima –explica una obediente funcionaria del laboratorio del Hospital Regional de Puerto Montt.
–O sea, ¿si mueren sólo dos ratones, el marisco es apto para consumo humano?
–Se da el aviso, pero la autoridad sanitaria determina si la concentración de VPM es muy alta. ¿Alguna otra pregunta?
El 2005, en la X Región se realizaron 10 mil bioensayos con ratones para detectar marea roja. 3.609 resultaron positivos, lo que indica que al menos nueve mil ratones blancos estiraron la cola para que usted, santiaguino, coma su patache tranquilo.
Cada ratón blanco cuesta 900 pesos. Saque usted la cuenta.
–¿Y qué hacen con los ratones muertos?
–¿Me está agarrando pal leseo? Mire que por estos días tenemos mucho trabajo.
Tu… tu… tu… tu…
La pregunta no era por insidia. En Puerto Montt existe en el último tiempo una campaña para eliminar los guarenes del tamaño de conejos de pascua que deambulan en las inmundas rocas de la costanera desde Angelmó hasta la misma Plaza de Armas. Lo paradójico es que hay un defensor de los guarenes. Todo un San Francisco de Asís sureño llamado Luis Vera Vera que levanta las trampas y los cepos envenenados que coloca la municipalidad y arroja bolsas de ratones muertos a las puertas de las radios, el diario y las oficinas de los concejales. Si supiera lo del hospital… Bueno, ahora sabe.
SI YO MUERO…
En esta semana de fervor religioso y pesquero, desde Concepción al sur son frecuentes las denuncias de abordajes en el mar. Primero, por la escasez de pescado y, ahora último, tratando de arrebatarse cargas de mariscos unos a otros. En Talcahuano y Coronel les llaman gatos; en el sur, sencillamente pirañas.
El de Carelmapu no es el primer incidente a balazos. Hace un mes, en Piñihuil, los pescadores de Ancud recibieron a tiros de escopeta una flota de lanchones que iban de Lebu a pescar a Chiloé. En esa ocasión no hubo heridos, como ahora.
–Es cierto que cada uno no es dueño del mar. Pero la pesca escasa, sumada a ley con las áreas de manejo, las cuotas, las vedas, los registros, está llevando las cosas a ese extremo –dice Dagoberto Serón un conocido dirigente de los pescadores de la zona.
Por eso, muchos buzos han dejado la peleada extracción de mariscos y se han ido a trabajar como buzos de las numerosas plantas salmoneras. Eso tiene dos caras: una buena y una mala. La buena es que los sueldos son estables, aunque bajos. La mala es que el trabajo es arriesgado y todos los meses muere un buzo mariscador, amén de decenas de accidentes de presión en las tramposas redes de salmones. Pero como las salmoneras los subcontratan externamente, si te he visto no me acuerdo. Se ha convertido en el trabajo más arriesgado de Chile.
–Además –dicen en la Capitanía de Puerto de Carelmapu–, está el problema de las armas. Debido a la tensión que originan las restricciones pesqueras, las disputas se están haciendo cada vez más violentas entre localidades, rubros y sectores.
Esta Semana Santa, los marinos vigilaron armados la extracción de mariscos para evitar lo que nadie quiere: un buzo muerto en las reyertas, como las del 5 de abril.
Esa noche, cuando fueron alertados, los buzos de Carelmapu se hicieron al mar en lanchas con motores fuera de borda. Fueron a encontrar a los de Ancud a pelear por lo suyo. Todos iban con los dientes apretados. Mansilla llevaba un arma; otro, una escopeta.
La feroz pelea y choques de lanchas terminó con cinco heridos, uno a bala (que huyó), y el bote con el que los buzos de Carelmapu vigilaban sus apozamientos de mariscos, hundido. Era poco más grande que una artesa con remos. Se llamaba “Titanic”. LND









