Fuente: La Opinion, La Corunha
Espanha - Pulpos domésticos
Ánxel Vence
lunes 29 de mayo de 2006
El pulpo de granja (marina, naturalmente) podría llegar más pronto que tarde a los supermercados si la tecnología lo permite y los consumidores no le hacen ascos al producto criado en cautividad. Ni siquiera la fantasía de Julio Verne llegó a tanto en cuestión de cefalópodos.
Precisamente para saber si aceptamos pulpo como animal de piscifactoría, un grupo de investigadores de la Universidad de Vigo realiza estos días un estudio sobre las posibilidades comerciales de su producción en granjas. Si el público fuese receptivo a la idea, ya sólo faltaría completar los ensayos para que el pulpo domesticado made in Galicia comenzara a salir de las factorías marinas.
Puede que lo del pulpo no sea más que una anécdota, pero aun así muy significativa del avance que la acuicultura
-ahora levemente estancada- ha experimentado en este tradicional reino de pescadores durante los últimos años. De hecho, las granjas gallegas especializadas en la producción de rodaballo y lenguado concentran entre el 80% y el 100% de la venta mundial de esas dos especies; y copan una tercera parte del mercado español del besugo.
Todo sugiere que estamos ante una verdadera revolución en los mares, comparable a la que en su momento supuso en tierra el paso de la caza salvaje a la agricultura y la ganadería. Una civilización de los procesos productivos, si se quiere ver así.
Por una vez, y ojalá sirva de precedente, Galicia está en óptimas condiciones para hacerse con una parte del liderazgo en este prometedor ramo de las granjas marinas, que años atrás parecían cosa mágica, algo misteriosa y propia de japoneses.
Ayuda no poco a este propósito el glorioso hábitat natural de las rías y, en general, el de la dilatada costa del país, tan propicia para el cultivo de toda suerte de fauna acuática.
Lateralmente, el desarrollo de la acuicultura ha sido favorecido por la progresiva expulsión de la flota pesquera gallega que hace apenas unas décadas echaba las redes en todos los océanos del mundo. Las multinacionales de este país reaccionaron con la creación de empresas mixtas y la firma de acuerdos para el intercambio de recursos por tecnología; y, puestas a hacer de la necesidad virtud, encauzan ahora sus esfuerzos hacia la acuicultura.
Si este vasto proyecto de sustitución -o alternancia- de la pesca extractiva por la de cultivo sale adelante, Galicia habrá hecho un nuevo y trascendental aporte a la socialización de los alimentos. Años atrás, los capitanes de industria del país habían dado ya el primer paso al popularizar el consumo de pescado mediante su congelación en barcos factoría en alta mar. El previsible abaratamiento de la carne de pez criada en granjas acuícolas cerraría ahora ese círculo virtuoso, con la ventaja añadida de que se trata de una producción controlada y renovable.
Se perderá a cambio, naturalmente, una cierta concepción romántica de la pesca en aguas salvajes, que acaso quede reducida -al igual que sucedió con la caza- a una actividad menor con un mercado de consumidores más selecto.
Como resultado de todas esas circunstancias, la tradicional Galicia marinera que conocíamos no tardará en ser poco más que un recuerdo; pero ése es en realidad un proceso ya en marcha, con o sin la competencia de la acuicultura. Prueba de ello es la creciente dificultad que los armadores encuentran para enrolar tripulantes nacidos en este que históricamente fue un país de marineros y ahora puebla sus buques con inmigrantes de las más remotas naciones.
A pesar de todo, la acuicultura no deja de ser un progreso que permitirá a los gallegos seguir manteniendo -sólo que de otra manera- su histórica relación con los océanos. Siempre que la ecología y la autoridad competente no lo impidan, claro.









