Fuente: Science Blog, Los Angeles

Perú - El pulpo tiene tres corazones, nueve cerebros y sangre azul de cobre

Foto de Ann Antonova en Pexels

miércoles 12 de agosto de 2026

Perú - El pulpo tiene tres corazones, nueve cerebros y sangre azul de cobre

El pulpo tiene tres corazones, nueve cerebros y sangre azul de cobre — y dos de esos corazones se detienen cada vez que nada

La anatomía del pulpo desafía casi todo lo que la biología terrestre da por hecho: un sistema circulatorio triplicado, inteligencia distribuida en los brazos y una química sanguínea que en aguas frías funciona mejor que la nuestra. Pero hay una peculiaridad aún más extraña: nadar les resulta agotador precisamente porque dos de sus corazones dejan de latir.

August 10, 2026
Science Blog, Los Angeles
https://scienceblog.com/es/sb-es-el-pulpo-tiene-tres-corazones-nueve-cerebros-y-sangre-azul-de-cobre-y-dos-de-esos-corazones-se-detienen-cada-vez-que-nada/

Cuando un pulpo se impulsa por el agua con un chorro a presión, dos de sus tres corazones se detienen. No es una figura retórica: los corazones branquiales, encargados de bombear sangre hacia las agallas, sencillamente dejan de contraerse mientras el animal nada. Por eso los pulpos prefieren caminar sobre el fondo antes que desplazarse en la columna de agua. Nadar les cuesta tanto que su propio cuerpo se rebela contra la idea.

Esta rareza cardíaca es solo la punta del iceberg. La anatomía del pulpo lleva décadas fascinando a fisiólogos y neurocientíficos porque contradice buena parte de lo que la biología de vertebrados considera “normal”. Su plan corporal se separó del linaje humano hace unos 600 millones de años, y esa distancia evolutiva se nota en cada tejido.

Tres corazones para un problema circulatorio inusual
Los pulpos, junto con calamares y sepias, pertenecen al grupo de los cefalópodos, y todos ellos comparten un sistema circulatorio con tres corazones. Dos de ellos, los llamados corazones branquiales, están situados a ambos lados del cuerpo, junto a las agallas. Su función es empujar la sangre desoxigenada a través de esos filamentos branquiales para que capte oxígeno del agua. Un tercer corazón, el sistémico, recibe esa sangre ya oxigenada y la reparte por el resto del cuerpo.

Este arreglo triplicado tiene una razón química de fondo. La sangre de los pulpos no transporta oxígeno con hemoglobina —la molécula basada en hierro que colorea de rojo nuestra sangre— sino con hemocianina, una proteína que utiliza cobre en su centro activo. Cuando el cobre se une al oxígeno, la sangre adquiere un tono azulado. Cuando lo libera, se vuelve casi incolora.

La hemocianina es menos eficiente que la hemoglobina para llevar oxígeno en condiciones normales. Un litro de sangre de pulpo transporta bastante menos oxígeno que un litro de sangre humana. Para compensarlo, el sistema necesita empujar más sangre por unidad de tiempo, y para eso hacen falta bombas adicionales: los dos corazones branquiales aceleran el paso del fluido por las agallas antes de que el corazón sistémico lo distribuya.

La ventaja de la sangre azul en agua fría
Aunque la hemocianina parezca a primera vista una solución peor, tiene una virtud crucial para un animal marino. Rinde especialmente bien en aguas frías y con poco oxígeno disuelto, condiciones bajo las que la hemoglobina empieza a fallar. Un equipo del Alfred Wegener Institute demostró que el pulpo antártico Pareledone charcoti mantiene sus tejidos oxigenados a temperaturas de hasta -1,9 °C precisamente gracias a las propiedades particulares de su hemocianina, que libera oxígeno de forma más eficaz cuando el frío es extremo.

Ese mismo pigmento explica por qué la sangre de un pulpo herido no gotea roja sobre la cubierta de un barco, sino que parece tinta azul diluida. Y también explica por qué la fisiología cefalópoda es tan sensible a los cambios de acidez del océano: la hemocianina depende del pH del entorno para unir y soltar oxígeno con precisión, lo que convierte a estos animales en indicadores especialmente vulnerables ante la acidificación marina.

Por qué nadar apaga dos corazones
Volvamos al detalle del titular. Cuando un pulpo se desplaza mediante propulsión a chorro —contrayendo el manto para expulsar agua por el sifón— la presión interna del cuerpo aumenta bruscamente. Esa presión afecta al retorno venoso y, según los estudios de fisiología cefalópoda, los corazones branquiales dejan de latir de manera coordinada durante el esfuerzo. El corazón sistémico también reduce su ritmo. El resultado es un déficit de oxígeno tisular que se acumula en cada chorro.

Por eso los pulpos son nadadores pésimos comparados con los calamares, que sí han desarrollado una musculatura y una fisiología cardíaca adaptadas al desplazamiento continuo por propulsión. Un pulpo prefiere reptar por las rocas usando sus ocho brazos como un andador acuático. La natación queda reservada para huidas o traslados cortos, y termina invariablemente en un periodo de recuperación en el que el animal se queda quieto mientras sus tres corazones se ponen al día.

Nueve cerebros: uno central y ocho de brazo
Si el sistema circulatorio del pulpo es raro, su sistema nervioso lo es aún más. De los aproximadamente 500 millones de neuronas de un pulpo común (Octopus vulgaris), alrededor de dos tercios no están en la cabeza sino en los brazos. Cada brazo alberga un ganglio nervioso grueso, con cerca de 40 millones de neuronas, capaz de procesar información sensorial y coordinar movimientos sin consultar al cerebro central.

De ahí la fórmula popular de los “nueve cerebros”: un cerebro central en forma de anillo alrededor del esófago, más ocho ganglios braquiales que funcionan como miniprocesadores autónomos. Un brazo de pulpo puede seguir explorando, reconociendo texturas y agarrando objetos incluso segundos después de ser amputado, precisamente porque su circuitería local no necesita órdenes centrales para operar.

Esta arquitectura descentralizada resuelve un problema computacional colosal. Un pulpo tiene ocho apéndices flexibles con infinitos grados de libertad, cubiertos por unas 2.000 ventosas que actúan como quimiorreceptores y mecanorreceptores independientes. Coordinar todo eso desde un único cerebro central sería inabordable. La evolución delegó gran parte del trabajo a los propios brazos, que “piensan” con las ventosas mientras el cerebro central se ocupa de decisiones más globales, como planificar una fuga o abrir un frasco.

Ver con la piel
La descentralización sensorial de los pulpos llega a extremos casi inverosímiles. A pesar de que son daltónicos —sus ojos poseen un único tipo de fotorreceptor—, exhiben algunos de los camuflajes más sofisticados del reino animal, cambiando color y textura en fracciones de segundo. La explicación parece estar en su piel: contiene opsinas, las mismas proteínas fotosensibles que hay en los ojos de los vertebrados. Es decir, la piel del pulpo detecta luz directamente, sin pasar por el cerebro central.

Esa combinación —ojos monocromáticos pero piel fotosensible, cromatóforos musculares que se contraen individualmente y control local en cada brazo— permite al animal ajustar su apariencia al entorno de una manera que la neurociencia todavía intenta reconstruir en detalle.

Un experimento evolutivo independiente
Todo esto convierte al pulpo en algo más que una curiosidad. Es, para muchos investigadores, la aproximación más cercana que existe en la Tierra a una inteligencia verdaderamente alienígena. Los cefalópodos y los vertebrados desarrollaron cerebros complejos por caminos evolutivos completamente separados, y sin embargo ambos linajes llegaron a soluciones parecidas: aprendizaje, memoria, uso de herramientas, resolución de problemas.

Un estudio publicado en 2022 mostró que los pulpos comparten con humanos y otros vertebrados una expansión evolutiva del ARN editado en el sistema nervioso, un mecanismo molecular que aporta flexibilidad a las proteínas neuronales. Es un ejemplo llamativo de convergencia: dos ramas del árbol de la vida, separadas por más de medio millón de milenios, tropezaron con la misma herramienta genética para construir cerebros complejos.

El pulpo, con sus tres corazones que se detienen al nadar, su sangre azul de cobre y sus nueve cerebros repartidos por el cuerpo, es un recordatorio de que la inteligencia animal no tiene por qué parecerse a la nuestra. Ni siquiera hace falta bombear sangre roja por un solo corazón para pensar. Basta con evolucionar durante 600 millones de años en dirección contraria y ver qué sale al otro lado.