Fuente: Mongabay, Los Angeles

Perú - Las mujeres sí podemos pescar, la pesca no es solo cosa de hombres

Foto: cortesía Karin Abensur

lunes 18 de agosto de 2025

Perú - Las mujeres sí podemos pescar, la pesca no es solo cosa de hombres

Por Astrid Arellano

15 Ago 2025
Mongabay, Los Angeles
https://es.mongabay.com/2025/08/mujeres-pesca-conservacion-oceanos-entrevista/

Karin Abensur descubrió su vocación marina sobre una tabla de surf en las costas del sur de Lima, Perú, pero en poco tiempo se sintió más atraída por las faenas de los pescadores artesanales.

Su camino en el mar inició como aprendiz de pesca, lo que la llevó también a estudiar ingeniería pesquera, una carrera que le permitió unir el rigor técnico con su pasión por el océano y demostrar que el mar también puede ser territorio de mujeres.

Abensur combina la pesca sostenible con el activismo, luchando por visibilizar el rol de las mujeres en el sector, especialmente aquellas que trabajan en tareas poco reconocidas como el fileteo y la evisceración de especies comerciales.

A través de Karin Ecofish, un emprendimiento de pesca responsable y sostenible, Abensur ofrece capacitación y empleo a mujeres del muelle de Pucusana.

Cinco datos clave
Su pasión por el mar comenzó sobre una tabla de surf. Karin Abensur era una adolescente que montaba las olas frente a las costas de Lima. Aunque amaba buscar la rompiente perfecta, había algo que la motivaba a detenerse y fijar la vista en el horizonte: los botes y los pescadores artesanales. Algo en esas silenciosas faenas la hipnotizaba. No quería surfear más el mar, sino vivirlo. Por eso soñaba con ser una de ellos. Pero cuando se los confesó a sus padres, la respuesta fue rotunda. “La pesca es cosa de hombres”, sentenció su padre. “Estudia una ingeniería”, agregó.

“Un día no fui al colegio y tomé un bus para ir a la playa. En el camino me encontré con un pescador”, cuenta Abensur, ahora de 42 años. “Hay un distrito que se llama Lurín y ahí paran los autobuses. El pescador se subió con una canasta de pescado que no pudo vender y quería pagar su pasaje con ese pescado, pero el conductor no lo quería. Yo le pagué el pasaje”.

Allí comenzó una amistad que todavía perdura. “Le dije: ‘Oye, ¿me llevas a pescar? Yo siempre te veo en la orilla’. Y me respondió: ‘Sí, yo sé quién eres, yo también te veo corriendo tabla’. Así empecé a pescar”, recuerda Abensur. Convencer a su padre no fue fácil, pero encontró una salida astuta: le prometió que, tal como él quería, estudiaría una ingeniería, aunque no una cualquiera. Gracias a un vecino descubrió la Ingeniería Pesquera en la Universidad Nacional Agraria La Molina, una carrera que él mismo cursaba, y con la que Abensur podría unir ciencia, técnica y ese amor profundo por el mar.

“Decidí estudiar ingeniería pesquera porque quería hacer un camino marino y así tener herramientas para poder vivir por este rumbo”, agrega la pescadora. “Me fui a vivir a Punta Hermosa, a la playa, porque yo quería aprender en el día a día”.

Desde entonces, Abensur se ha enfrentado a múltiples desafíos por ser una de las pocas mujeres en un oficio dominado por los hombres. En Mongabay Latam conversamos con la pescadora sobre su trayectoria en el muelle de Pucusana, sitio en el que combina la pesca sostenible con el activismo por los derechos de las mujeres en el mar, particularmente con aquellas dedicadas a procesos con mucha menos visibilidad, como la evisceración y el fileteo de especies.

—¿Cómo llegó a ser una de las pocas mujeres dedicadas a la pesca en Perú? ¿De qué manera se abrió espacio en el oficio?

—Yo empecé a formalizarme como pescadora artesanal en un centro de entrenamiento pesquero en Paita. Me acuerdo que a mis 18 o 19 años, en tercer ciclo de la universidad, empecé a llevar cursos para poder capacitarme, porque la pesquería es una rama muy informal acá en Perú. Yo dije: «Tengo que tener mi carnet de pesca, mi libreta de embarque y capacitaciones para poder desarrollarme bien».

Ha sido un reto, porque siempre dicen que al mar no le gustan mucho las mujeres. El pescador con el que inicié es uno de los señores con más experiencia. Cuando íbamos hacia otras playas, él decía que yo era su hija, para que nadie me diga ni le dijeran nada. Así empecé en el día a día a saber cómo pescar toyo [una especie de tiburón pequeño] y las diferentes especies que hay aquí.

Mi familia es música de la cultura aymara y yo toco la quena, una flauta peruana. Como siempre la toco en el mar, así empecé a ser conocida. La cultura inca nos indica que había un “pago musical” de los pescadores artesanales antiguos hacia el mar.

Es decir, antes de realizar cualquier actividad con la naturaleza, ya sea sembrar o cosechar en el campo, se hacen pagos musicales para que la Pachamama —que es la Tierra—, nos pueda dar. Lo mismo hago en el mar para que nos pueda nos pueda brindar los alimentos. Es un ritual donde pides con fe. Es por eso que yo no pasaba desapercibida: era mujer y hacía música en el mar. Además, siempre he sido amable y con la mejor intención de mostrar lo que he aprendido. Así es como empecé.

—¿Cómo empezó su trabajo de capacitación con las mujeres que trabajan en la pesca artesanal de Pucusana, como las fileteadoras de pescado?

—Todo empezó porque tengo un emprendimiento: Karin Ecofish, una empresa que ofrece seguridad alimentaria a base de una pesca responsable y sostenible. Un día, con el primer fondo que gané a través de Startup Perú en 2017, me compré un motor para mi bote. También compré una congeladora y más redes con las que podía llegar un poco más al fondo a pescar. Recuerdo que una vez —como se dice acá, criollamente—, «golpeé”, es decir, saqué una gran cantidad de especies. Pero no las podía vender en Punta Hermosa y tuve que navegar hasta Pucusana, porque ahí es un muelle donde hay comercialización.

Cuando fui a que filetearan todo, me lo dieron con piel y espinas. Eso no lo podía vender, pero lo vi como una oportunidad para capacitar a las evisceradoras y fileteadoras. A nivel mundial, las mujeres representan casi el 50 % del sector pesquero y en Perú el 14 % son mujeres que se dedican a la pesca, pero en extracción y en procesos.

Las fileteadoras son mujeres que desde las dos de la mañana se mojan las manos y no tienen seguro. Ellas no tienen ningún derecho ni privilegio. Por eso pensé que tenía que capacitarlas para que ya no sean tan invisibles.

Así me presenté a un segundo fondo, pero ahora en el Programa Nacional de Innovación en Pesca y Acuicultura (PNIPA), que se llamaba Asistencias Técnicas Especializadas en Cortes Innovadores, y ellas eran las alumnas.

Yo no soy fileteadora, así que contraté a un especialista en cortes asiáticos de mi universidad para poder hacer sashimi y que pudiera competir con el atún o con especies de carne oscura. Trabajamos en cortes atractivos e innovadores en especies como el bonito, el perico y el pejerrey.

El propósito era que lograran un producto atractivo para empacar al vacío, ponerlo en pesos de 200 a 500 gramos y venderlo con un valor agregado. En las industrias cárnicas, si tienes mayores cortes, podrás tener mayor acceso a las ventas.

—¿Por qué ha sido importante reconocer ese trabajo femenino invisibilizado?

—Para estas mujeres, su vida útil laboral se acaba entre los 40 y 50 años. Como se mojan las manos desde la madrugada, con el paso de los años, ya les tiemblan las manos y les dan enfermedades de ese tipo. A diferencia de los hombres, ellas no tienen ningún fondo de pescador, ni siquiera las dejan estar en el gremio, porque solamente es de hombres.

Por eso en Punta Hermosa hemos creado un nuevo gremio de pescadores —llamado “La Isla de Punta Hermosa”— y nos acabamos de formalizar. Entre el 30 % y 40 % somos mujeres. Como Punta Hermosa es turística, propuse que nosotras ofrezcamos pequeños paseos turísticos a las personas como alternativa.

Eso es lo que busco: fomentar, visibilizar y normalizar a las mujeres de mar, que somos casi la mitad, pero hasta ahora invisibles. Las mujeres sí podemos pescar, la pesca no es solo cosa de hombres.

—¿Qué retos enfrentan todavía las mujeres pescadoras artesanales en términos de acceso a derechos, formalización y condiciones de trabajo?

—Todo. No hay acceso a derechos. Si bien hay una formalización, varias entidades dicen: «Esto no me compete a mí”. Entonces todavía es un poco complicado capacitarlas, por eso decidí buscar otros recursos para poder ofrecer un producto atractivo para la marca Karin Ecofish, y al mismo tiempo apoyar y fomentar el crecimiento de las fileteadoras con herramientas laborales para ellas.

—¿Cómo ha logrado combinar su labor como pescadora y como ingeniera pesquera? ¿De qué manera su formación profesional ha influido en el trabajo que hace en el mar?

—Durante la carrera universitaria llevé procesos de elaboración de biofertilizante para el aprovechamiento de los recursos en plantas pesqueras. Con el tiempo, me di cuenta de que yo, con mi emprendimiento, cada vez tenía un mayor impacto ambiental. Mi huella de carbono estaba creciendo porque de un pez de una especie como el bonito o perico, entre el 70 % y 80 % era merma.

O sea, del pez entero, el 80 % lo botas y solamente el 20 % es filete. Una caja tiene 20 kilos y yo procesaba de 10 a 15 cajas a la semana, entonces estaba botando un montón de merma y de plata. Cuando vi los tachos de basura llenos de vísceras en las zonas de procesamiento primario, vi una oportunidad de negocio. Como soy ingeniera pesquera pensé que de aquí podía sacar fertilizante. Entonces, participé en otro fondo para comprar el equipo necesario.

Ahora mi proyecto consiste en probar la elaboración de fertilizantes con diferentes especies y hacer matches con los productos que exportamos. Por ejemplo, en Perú se produce arándano, palta y plátano. Mi visión con estos nuevos fondos a los que estoy postulando es que, por ejemplo, si el pejerrey tiene gran cantidad de calcio y para el cultivo de arándanos se necesita calcio, vamos a probarlo. Es lo que justo estoy haciendo: un paper que he visto que puedo publicar. En esas ando, buscando fondos para la elaboración de un piloto de biofertilizantes, probándolos con productos de importación agroindustriales.

—¿También busca incursionar en temas como la educación ambiental con otros públicos?

—Sí. El año pasado, la embajada de Estados Unidos me invitó al programa “Mujeres Unidas por la Equidad”, pero esto fue irónico porque, justo unos días antes, unos pescadores me habían cortado mis redes, solo porque era mujer y porque no querían que estuviera ahí. Estaba triste, perdí dinero.

Pero acepté el viaje de la embajada y allá creé nexos. Mi forma de hablar siempre es entusiasta, soy una persona muy positiva y eso fue lo que pedí allá: ayúdenme a visibilizar el trabajo de las mujeres. Me preguntaban cómo y yo les dije: «Quiero hacer videos educativos».

Nos dieron acceso a un directorio para buscar fundaciones y ahora mismo estoy buscando fondos para grabar videos sencillos en mi bote para los que ya he escrito varios guiones. Quiero crear videos para concientizar a los niños, desde enseñarles a hacer un nudo a preparar algo básico como un rico ceviche, qué pez vive más y cuál menos, o hacer cosas de mar de una manera cortita y amena. En 40 segundos, muestro cómo hacerlo y ya está.

Quiero que las generaciones que vienen atrás mío no tengan un ambiente tan hostil como lo tuve yo y como lo han tenido las personas que han estado detrás mío.

—¿Qué sueña para las nuevas generaciones de mujeres pescadoras?

—Lo que yo sueño y que quiero hacer, es un club de mujeres de mar. Incluso tener un instituto de mujeres de pesca. Que así como ahora puedes tener la facilidad de aprender Excel, Power Point y todas esas herramientas, tengas también la posibilidad de tener un camino marino y en la pesca.

Lo que yo quiero es ayudar a que se corten las brechas y que las mujeres pescadoras en Perú no tengan un ambiente tan hostil. Que puedan tener mayores oportunidades. Somos el segundo país del mundo en pesca y no tenemos una asociación de mujeres pescadoras, no tenemos un grupo de mujeres de mar.

Sí hay normativas, hay hasta una estrategia nacional de mujeres emprendedoras y mujeres de mar, pero por ahora no hay un impulso que nos permita crecer.